San Josemaría, Sacerdote Diocesano

"La afirmación según la cual Josemaría Escrivá representa un verdadero modelo de sacerdotes encierra un significado preciso". Es lo que explica Mons. José María Yanguas, obispo de Cuenca (España).

El Fundador y el sacerdocio
Opus Dei - San Josemaría, Sacerdote Diocesano Mons. José María Yanguas.
Se quiere decir con ella que el fundador del Opus Dei vivió su condición de sacerdote con particular intensidad, supo hacer vida propria con gran vigor las peculiares virtudes sacerdotales y las vivió de un modo egregio, excelente. De ahí que pueda ser presentado como modelo de sacerdotes; su vida sacerdotal, en efecto, puede servir de pauta inspiradora a otros sacerdotes en el modo de vivir la propia condición.


Josemaría Escrivá se entregó, en efecto, desde el principio a vivir plenamente su sacerdocio. Nunca lo consideró como simple ingreso en una determinado status, una solución de vida, un, por así decir, “modus vivendi”, una profesión que, junto a otras, se abría ante él en el albor de la juventud. Al acoger la llamada al sacerdocio, no elegía una solución relativamente cómoda, segura, de un cierto prestigio social, al menos en los ambientes que podríamos llamar provinciales. Aunque no conocía la razón exacta y última de su llamada al sacerdocio, Josemaría Escrivá de Balaguer percibía con rara claridad que “no quería ser sacerdote por ser sacerdote”1. Lo que él quería, su voluntad e intención no eran, en absoluto, las de llegar a ser uno de los personajes caraterísticos de los cuadros de costumbre de la época: la que retrataba al sacerdote en compañía convivial con ciertos funcionarios de la administración pública.

Si el motivo último de la llamada al sacerdocio, imponiéndose a sus proyectos personales, no se le reveló al fundador del Opus Dei hasta el 28 de octubre de 19282, dicha llamada se le manifestó, desde el principio, en el horizonte de una fuerte exigencia de santidad3, que ya no le abandonaría hasta la muerte. Numerosas personalidades eclesiásticas, que conocieron y trataron a Josemaría Escrivá de Balaguer en los primeros años de su vida sacerdotal, han dado testimonio unánime de la heroicidad de sus virtudes4. Y santidad heroica era lo que, desde el principio, pedía a todos, también, por tanto, a los sacerdotes5.

Mi intervención, como es obvio por la naturaleza y dinámica mismas de una sesión de trabajo, no tiene como fin hacer un estudio, siquiera somero, de la doctrina teológica del fundador del Opus Dei sobre el sacerdocio; tal intento requiere un empeño bien diverso al exigido en este momento. No me propongo tampoco trazar un perfil ascético de la figura del sacerdote Josemaría Escrivá o del sacerdote en general. Me limitaré a fijar los trazos que, lo mismo en la existencia sacerdotal de Josemaría Escrivá de Balaguer que en su doctrina sobre el sacerdocio, han constituido y constituyen algunas de las líneas fundamentales del modelo en el que se inspira mi vida sacerdotal.

Debo precisar inmediatamente - lo considero de extrema importancia -, que, muy probablemente, dichos trazos no hubieran ejercido nunca un influjo personal tan fuerte y decisivo si no los hubiera visto encarnados, hechos vida en Josemaría Escrivá de Balaguer y en algunos sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Si no hubiera sido así, tales rasgos o no habrían inspirado tan decisivamente mi vida sacerdotal o no habría sabido traducirlos, con mejor o peor fortuna, en vida propria. Es difícil, o habrá que decir mejor, es imposible, adquirir sentido artístico, buen gusto, sólo con enseñanza y exposiciones teóricas, aprendiéndolo en los libros. El contacto con la obra de arte, la experiencia, el encuentro directo, constante, con la belleza en cualquiera de sus variadas formas, educa espontáneamente el sentido de la belleza. Pienso que algo parecido ocurre en la vida espiritual. También aquí la experiencia, el contacto directo, precede, en buena medida, a la reflexión.

En mi caso, en efecto, la atracción, la llamada, el deseo de vivir mi sacerdocio según el espíritu del Opus Dei, obedeció sencillamente a la voluntad de ser un sacerdote así, tal como lo vi encarnado en alguno de los presbíteros del Opus Dei que tuve la fortuna, la gracia de Dios, de conocer en mis años de seminario, y tal como pude después descubrirlo en la persona de Josemaría Escrivá de Balaguer. Más tarde, al conocer con mayor detalle el mensaje del fundador del Opus Dei, percibí de manera más articulada y orgánica, aunque no de modo más intenso, lo que ya años atrás había visto o intuido. Dios nuestro Señor, en su infinita sabiduría y paterna providencia, se sirve de modos muy diversos para hacer ver a una persona qué tipo de sacerdote, mejor, qué modalidad de existencia sacerdotal concreta desea que viva.

El plan de Dios sobre cada persona es único, pero su entera manifestación o, si se quiere, su pleno descubrimiento, no se cumple habitualmente de una sola vez, sino que acontece en momentos sucesivos. En un instante se desvela ahora algo nuevo que, sin embargo, formaba parte, ya desde el inicio, del proyecto total y único de Dios.

El rasgo que en un primer momento me atrajo con mayor fuerza, que despertó un fuerte sentimiento de simpatía, que me hizo sentirme cómodo, en casa mía, que me infundió un íntimo sentimiento de cercanía fue - el recuerdo es nítido y preciso - el estilo abierto, luminoso, por así decir, el aire vital, la atmósfera positiva, sin recelos, ante las cosas nobles del mundo; el buen humor y la alegría, que después he sabido que eran fruto de una profunda vivencia de la filiación divina; el espíritu deportivo que impulsa a una lucha alegre y continuada; la actitud jovial, simpática - para mí una agradabilísima novedad -, que advertí vitalmente, repito, desde el momento inicial de mis contactos con el primer sacerdote del Opus Dei, cuando aún no sabía siquiera de su condición de tal. Nada tenía de actitud negativa frente a otras imagenes sacerdotales conocidas. No era algo que se presentaba o se vivía ‘contra’, se trataba simplemente de algo distinto, fuertemente positivo, joven, nuevo, atrayente.

Mención especial merecen algunos aspectos del talante humano, cristiano y sacerdotal de Josemaría Escrivá que estuvieron en el centro de mis primeros contactos con el Opus Dei. La primera experiencia obtenida en ellos – por eso quizá más viva, sentida, profunda y permanente - fue una experiencia de libertad. Sería improcedente dar detalles de la misma en este momento. De todas formas, sí puedo decir que fue la causa y la razón de que Opus Dei y libertad me fueran, desde entonces y siempre, vitalmente, conceptos y realidades inseparables. De ahí la alegría que experimenté, después, al descubrir que la libertad representaba para Josemaría Escrivá un bien particularmente precioso. Con expresión rápida y eficaz, declaraba ser, en efecto, un gran amigo de la libertad, afirmando sin ambages:

“He buscado, decía, y busco la libertad por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. La amo cada día más, la amo por encima de todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante”6.

Un amor sincero y apasionado a la libertad, lejano a toda mentalidad de partido, de espíritu de grupo; amor a la libertad que experimenta una profunda desazón ante todo lo que pueda revelarse como prepotencia, imposición caprichosa o irracional; que lleva a respetar la variedad de opiniones y de pareceres razonables, o al menos razonados, en todos los campos del saber humano; que no se limita a tolerar la legítima pluralidad , sino que la ama y se alegra por ella; que no desea que se imponga a nadie lo que Dios nuestro Señor ha dejado a la libre decisión de los hombres; que cree sinceramente en la fuerza de la verdad amigablemente propuesta y ofrecida en libertad; que no gusta de escuelas, si se entienden como jaulas que encierran y cortan las alas al pensamiento o como moldes que uniforman indebidamente las almas. Cómo no escuchar con profunda alegría a Josemaría Escrivá cuando en su predicación oral afirmaba que el camino del Opus Dei es ancho y carretero; que se puede caminar por él por la izquierda y por la derecha, en coche o a pie, por derecho o en zigzag, corriendo o con una marcha más acompasada; que es un camino, en definitiva, de libertad, en el que las almas no quedan embridadas en esquemas fijos, comunes, universales, que no tienen en cuenta la singularidad preciosa de cada uno. Cómo no tomar nota, con íntima satisfacción, de que el Opus Dei, como tal, no hace escuela en las ciencias eclesiásticas, ni en filosofía ni en ninguna otra de las ramas del saber humano: “Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad; es decir, el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado. Cuando observo entre los socios de la Obra tantas ideas diversas, tantas actitudes distintas – con respeto a las cuestiones políticas, económicas, sociales o artísticas, etc. -, ese espectáculo me da alegría…”7.

De este modo, el fundador del Opus Dei continuaba la clara enseñanza de los grandes maestros de la tradición cristiana. La concordia de las voluntades no comporta ni exige en modo alguno la coincidencia en las opiniones, como afirma Santo Tomás con frase lapidaria: concordia quae est caritatis effectus est unio voluntatum, non unio opinionum8.

Otro aspecto fundamental de la vida y la doctrina del fundador del Opus Dei, que causó una fuerte impresión en mi alma de joven seminarista y cuyo influjo no he cesado de sentir, fue, sin duda, el de la radicalidad con la que sabía situar las personas delante de Dios y el consiguiente carácter, fuertemente personal, con que hablaba a cada uno de la propria santidad. De alguna manera, Josemaría Escrivá de Balaguer consideraba éste un aspecto central de su labor sacerdotal9. Volviendo al modo como conocí al fundador del Opus Dei en los sacerdotes que vivían su espíritu, recuerdo cómo hacían vibrar el tono y los modos de la predicación que escuchaba a los sacerdotes del Opus Dei, que facilitaba que se entrara en sintonía con el espíritu, fuerte y viril, que descubría en algunos de sus libros. Ayudaban a comprender algo que he juzgado siempre de capital importancia en la vida espiritual: que nada ni nadie puede sustituirnos en las elecciones y decisiones propias; que cada uno debe asumir la responsabilidad personal plena a la hora de vivir la propia vocación en las personales circunstancias. En la vida espiritual puede uno ser ayudado – ¡y cuánto se agradece tal ayuda! -, aconsejado, sostenido; pero, al final, se trata siempre de la propia vida, de la propia santidad, de la propia respuesta a los personalísimos requerimientos divinos. Al final uno se encuentra necesariamente a solas con Dios nuestro Señor. Cada cual ha de tener el coraje de sentirse llamar por el propio nombre, de ponerse responsablemente delante de Dios, sin esperar cómodamente que otro te sugiera lo que tienes que hacer. La respuesta, como la vocación, como el propio nombre, es siempre irrenunciable e inevitablemente personal. Se evitan así las comparaciones, odiosas y fuera de lugar, con otras personas; el mirar de soslayo a los demás para precisar después la medida precisa de la respuesta a la vocación personal; el adocenamiento y la uniformidad impersonales. Después, sí, vendrá el momento del consejo, de la condivisión, de la obediencia rendida. Pero no hay dos vocaciones idénticas, aunque el camino sea el mismo. Cada uno es llamado a recorrerlo personalmente: el ritmo de marcha, como también las mociones y las inspiraciones de Dios, tiene necesariamente un sello fuertemente personal. Para cada uno es un camino nuevo. Por ese motivo, en el Opus Dei la formación y la asistencia espiritual están al servicio de la libre y responsable actuación de las personas:
“Cada uno, con espontaneidad apostólica, obrando con completa libertad personal y formándose autónomamente su propria conciencia de frente a las decisiones concretas que haya de tomar, procura buscar la perfección cristiana y dar testimonio cristiano en su propio ambiente, santificando su propio trabajo profesional, intelectual o manual”10.

Con el amor a la libertad y la responsabilidad personal frente a la vocación, otro rasgo de la figura sacerdotal del fundador del Opus Dei quedó fuertemente grabado en mi alma: la fraternidad sacerdotal. “Esta es nuestra gran tarea: amar a nuestros hermanos sacerdotes. Hemos de sentir la satisfacción de ser servidores de todas las almas, pero en primer lugar de los sacerdotes, nuestros hermanos”11.
Tengo la convicción de que en mis años de seminario aprendí a rezar, a valorar la mortificación, a apreciar y vivir la castidad y otras muchas virtudes cristianas. Doy por ello muchas gracias a Dios, y nunca estaré suficientemente agradecido por la educación allí recibida. Pero la fraternidad sacerdotal, la amistad, la he aprendido al calor de quienes la vieron encarnada en Josemaría Escrivá de Balaguer: la amistad que es afecto noble, sincero, sacrificio gustoso, afirmación del otro, ayuda, impulso, condivisión, seguridad plena de encontrar comprensión, acogida y escucha. La huella que aquellos sacerdotes dejaron en mí hace que sienta particularmente la fraternidad sacerdotal, que salga fácil la actitud positiva ante cualquier sacerdote por el simple hecho de serlo, sin que importe la procedencia, la lengua, la raza, la formación o las ideas personales; que ame celebrar con otros sacerdotes el sacrificio Eucarístico, razón de nuestro común sacerdocio; que me resulte particularmente odiosa – es la expresión justa - la desconfianza inmotivada, la indiferencia o la actitud recelosa y advertida hacia otro sacerdote, y que aprecie, en cambio, la franqueza y sinceridad en el trato.

La fraternidad sacerdotal, el sentido de pertenencia a un presbiterio con el Obispo a la cabeza, la convicción de ser “un” sacerdote diocesano, como todos los demás, uno más entre ellos, sin nada de particular que, en cuanto sacerdote, me separe o distinga de los mismos. Un vivo sentido de pertenencia al presbiterio de la diócesis, por lo que siento natural repugnancia, instintivo rechazo a ser considerado distinto, ajeno, precisamente porque no soy ni distinto ni ajeno a los intereses comunes, a las directrices universales, a los problemas, al modo de ser, a la idiosincrasia peculiar de un sacerdote diocesano. Sintiéndome sacerdote diocesano hasta la médula, se comprende el rechazo de cualquier intento de ser atrapado, desde fuera, en una especie de ghetto, considerado parte de un grupo, miembro de partido o facción.
Por el contrario, del fundador del Opus Dei he aprendido el sentido de pertenencia a la diócesis y, a la vez, la viva percepción de la realidad del ordo prebyterorum12, que abre a todos los sacerdotes, impulsando a superar cualquier egoísmo particularista y a vivir a fondo la fraternidad que deriva de la común llamada al sacerdocio; a no necesitar de ninguna connotación añadida para sentirse cercano a un sacerdote, para apreciarlo verdaderamente como hermano; a buscar la amistad de todos sin excepción, con la naturalidad y la sencillez de lo que fluye necesariamente de los lazos comunes; a vivir dicha amistad con las necesarias exigencias del sacrificio y de la disponibilidad, prontos para el servicio.

Se entiende pues perfectamente que un sacerdote del Opus Dei (esto es, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz) sienta – ¡una vez más la encarnación vital, existencial, que abraza intelecto, voluntad y sentimientos! – que nada lo separa de sus hermanos sacerdotes, ni siquiera, como le gustaba decir a Josemaría Escrivá, el insignificante muro que puede formar un papel de fumar, el finísimo papel con que el que los fumadores se ejercitaban calmamente en el arte de liar los cigarrillos di picadura, antes de que se difundieran los de confección. Reclama, eso sí, exactamente como en el caso de los demás sacerdotes, un legítimo ámbito de libertad en su vida de piedad, aficiones y gustos culturales legítimos, que sólo quienes parecen amigos del partido único podrían entender y considerar como factores de división, confundiendo la necesaria unidad de espíritu con la chata e incolora uniformidad igualitarista, que no respeta la magnifica, y por otra parte inevitable, diversidad de las personas y de sus dones.

En la entrevista concedida al director de Palabra y citada repetidamente en estas páginas, Josemaría Escrivá sintetiza lo que los sacerdotes diocesanos encuentran en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz con estas palabras: “Los sacerdotes diocesanos que -en uso legítimo del derecho de asociación- se adscriben a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz13, lo hacen única y exclusivamente porque desean recibir esa ayuda espiritual personal, de manera en todo compatible con los deberes de su estado y ministerio: de otra manera, esa ayuda no sería tal ayuda, sino complicación, estorbo y desorden.
El espíritu del Opus Dei, en efecto, tiene como característica esencial el hecho de no sacar a nadie de su sitio -unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat14-, sino que lleva a que cada uno cumpla las tareas y deberes de su propio estado, de su misión en la Iglesia y en la sociedad civil, con la mayor perfección posible. Por eso, cuando un sacerdote se adscribe a la Obra, no modifica ni abandona en nada su vocación diocesana -dedicación al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud, porque sabe que ha de buscar la perfección precisamente en el mismo ejercicio de sus obligaciones sacerdotales, como sacerdote diocesano”15.
El no sacar a nadie de su sitio no tiene solamente connotaciones negativas, sino que es eminentemente positivo: comporta amar el sitio en el que uno se encuentra, todo lo que es común a cualquier sacerdote secular diocesano: los elementos todos que definen una espiritualidad diocesana. La ayuda que recibe en el Opus Dei mira precisamente a vivir en plenitud la propia vocación diocesana (“dedicación al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión con los demás sacerdotes, etc.”). La relación del sacerdote con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no consiste en algo añadido en cierto modo postizo, que tuviera como fin una especie de perfección personal al margen de la propria condición de sacerdote y de la misión recibida de la Iglesia por manos del Obispo. Más bien al contrario: esa relación está, por su misma naturaleza, al servicio de la asunción plena, con todas las consecuencias, de la propia condición. Los medios de santificación están al servicio de ésta. Y la santidad que el Opus Dei proclama es justamente la santidad en el ejercicio de la propria profesión - en este caso el ministerio sacerdotal -, de las personales circunstancias sociales, profesionales, familiares. Los deberes fuertes están al servicio de la “situación” personal, del peculiar modo de estar en el mundo y en la Iglesia, que hemos de santificar.

¿Qué espiritualidad tiene pues un sacerdote secular diocesano que forma parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz? La respuesta exacta, así lo entiendo, es: la misma que cualquier sacerdote secular diocesano, con todo lo que ella comporta, sin que absolutamente nada de la misma quede fuera. La espiritualidad que deseo vivir es la propria de aquello que soy, un sacerdote diocesano. Deseo y procuro vivir el espíritu proprio de un sacerdote diocesano, sin excluir ni una sola de sus características o manifestaciones auténticas. Nunca el espíritu del Opus Dei me ha apartado de la espiritualidad propia de un sacerdote. Me ha enseñado, al contrario, una y mil veces, a buscar la santidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal, en el cumplimiento de los deberes y de los compromisos propios del presbítero. La vocación de un sacerdote diocesano al Opus Dei refuerza, decía Josemaría Escrivá de Balaguer, su condición de tal, le ayuda a vivir en plenitud su propia vocación: “no modifica ni abandona en nada su vocación diocesana, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud”.

Nunca me sentí llamado a vivir otra cosa o de diferente manera que los demás sacerdotes seculares que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio, como pide el Concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum ordinis16. Mantiene aquí toda su validez lo que Josemaría Escrivá decía en general de la vocación al Opus Dei, que consideraba como una luz que ilumina de manera nueva una realidad preexistente17; en mi caso esta realidad previa es mi vocación al sacerdocio y mi vida sacerdotal. De ahí que los rasgos que el espíritu del Opus Dei quiere incidir más hondamente en el alma de un sacerdote pertenecen a la entraña misma, al núcleo fundamental de la existencia sacerdotal de un presbítero diocesano: el afán de almas, que debe ser una auténtica pasión dominante, con la decidida voluntad de llegar apostólicamente al mayor número posible de personas; la preocupación sincera, traducida en iniciativas concretas, por las vocaciones sacerdotales y por el seminario; la necesidad de adquirir y mejorar continuamente la preparación en las disciplinas eclesiásticas, con el deseo de ampliar la propia cultura, como medio para una mayor eficacia en el propio ministerio; la obediencia real y la rendida disponibilidad en relación con los encargos pastorales que el Obispo diocesano quiera confiar.

La espiritualidad que siento como propria es la espiritualidad secular y diocesana, porque eso soy y me siento hasta la médula: un sacerdote secular y diocesano, uno más entre tantos otros. ¡Cuántas veces y con qué orgullo decía el fundador del Opus Dei de sí mismo que era un sacerdote diocesano! Valga como ejemplo lo que responde cuando se le pregunta acerca de los frutos de la labor de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: “¿Los frutos de toda esta labor? Son para las Iglesias locales, a las que estos sacerdotes sirven. Y de esto se goza mi alma de sacerdote diocesano, que ha tenido además, repetidas veces, el consuelo de ver con qué cariño el Papa y los Obispos bendicen, desean y favorecen este trabajo”18.

Para concluir todo lo dicho: la ayuda que recibo del Opus Dei no la siento para nada como extraña a mi condición sacerdotal secular y diocesana; sencillamente porque no le es ajena o extraña. Es cuanto afirmaba Josemaría Escrivá con claridad que no deja lugar a farisaicas confusiones o ingenuos malentendidos. El texto es largo, pero vale la pena reproducirlo por entero, porque no tiene desperdicio: “Lo que estos sacerdotes [se refiere a los sacerdotes diocesanos adscritos al Opus Dei] encuentran en el Opus Dei es, sobre todo, la ayuda ascética que desean recibir, con espiritualidad secular y diocesana (…). Añaden así a la dirección espiritual colectiva que el Obispo da con su predicación, sus cartas pastorales, conversaciones, instrucciones disciplinares, etc, una dirección personal solícita y continua (…) que complementa – respetándola siempre como un deber grave – la dirección común impartida por el mismo Obispo. A través de esta dirección espiritual personal (…) se fomenta en el sacerdote su vida de piedad, su caridad pastoral, su formación doctrina continuada, su celo por los apostolados dicesanos, el amor y la obeidiencia que deben al proprio Ordinario, la preocupación por las vocaciones sacerdotales y el semnario, etc.”19.

El Opus Dei no da pues a los sacerdotes una espiritualidad secular diocesana nueva: les presta, más bien, una ayuda ascética para que puedan vivir en plenitud la espiritualidad que ya deben poseer y vivir por su condición misma de sacerdotes.

Estos son algunos de los rasgos del fundador del Opus Dei, sacerdote, que han modelado aspectos fundamentales de mi vida como sacerdote diocesano.

José María Yanguas es obispo de Cuenca (España). Fue Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y Jefe de Sección de la Congregación para los Obispos.



Notas
1. Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964; cfr. A. DEL PORTILLO, Una vida para Dios, Madrid 1992, p. 28, nota 21.
2. Cfr. A. ARANDA, Sacerdote de Jesucristo. Sobre la misión eclesial del Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, en “Romana” 17 (1993/2) 307-327.
3. Cfr. A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, I: Señor que vea, Madrid 1997, p. 97, nota 76.
4. S.E. Mons. Laureano Castán Lacoma, obispo de Sigüenza-Guadalajara (1964 – 1980), habla de su fama de santidad ya en la década de los años 1930-1940 (cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer, Un hombre de Dios, Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, 8, Madrid 1992, p.21). S.E. Mons. Francisco Peralta Ballabriga, obispo de Vitoria (1955 - 1978) refiere sobre su delicadeza, afabilidad, cortesía, optimismo contagioso y alegría (cfr. ibidem, pp. 49, 51). Muchos son los que recuerdan su lealtad y amor a la Iglesia, así como su fidelidad sin fisuras al Magisterio: entre otros, el citado Mons. Peralta Ballabriga (ibidem, 48), S.Emza. el Card. José María Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla (1957-1982) (cfr. Josemaría Escrivá…, cit., 3, pp. 36-38), S.E. Mons. Pedro Cantero Cuadrado, Obispo de Zaragoza (1964-1977) (cfr. Josemaría Escrivá…, cit., 2, p. 32). S.E. Mons. José María García Lahiguera, arzobispo de Valencia (1969-1978) ha puesto de relieve la hondura con que [san] Josemaría vivió las virtudes teologales, así como su piedad profunda, serena y constante, el amor a la Madre de Dios y a San José (cfr. Josemaría Escriva…, cit., 1, pp. 45-49). Otras virtudes que, según estos y otros eclesiásticos y personas de toda clase y condición, destacaron en [san] Josemaría, fueron la fortaleza, la pobreza y la humildad, el desprendimiento, el celo por las almas, el amor a la justicia…
5. El card. Bueno Monreal relataba un hecho que lo vivió como protagonista. Cuando, en un viaje a Roma, hizo presente a [san] Josemaría que quizás exigía demasiado a los sacerdotes diocesanos que se acercaban a la Obra, se sintió decir estas palabras: “Mira, no. En el Opus Dei no seremos ni uno más ni uno menos de los que Dios quiere que seamos. Y la llamada que Dios nos hace es de entrega total, completa, cada uno dentro de su estado, con naturalidad, pero sin concesiones. Cuando un sacerdote viene a pedirnos que le demos lo que le podemos dar, le damos la espiritualidd que tenemos: ésta es la entrega total: sin salir de su sitio, reforzando su condición diocesana, pero dándose del todo. So no le doy esto, una espiritualidad que él puede seguir, ¿qué le voy a dar yo?, ¿qué le puede dar el Opus Dei a un sacerdote?…” (Josemaría Escrivá…, cit., 3, pp. 43-44).
6. Es Cristo que pasa, 184.
7. Conversaciones 67.
8. S.Th, II-II, q. 37, a. 1c.
9. Es Cristo que pasa, 99: “He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana…”.
10. Conversaciones 19.
11. RHF 20.760, 765; citado por J. ECHEVARRÍA, La fraternidad sacerdotal en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer, en "Palabra", 239, VI-1985, p. 25; publicado también en este volumen y en L.F. MATEO-SECO y R. RODRÍGUEZ-OCAÑA, Sacerdotes en el Opus Dei... cit., 299
12. Dec. Presbyterorum ordinis, 8: “Los presbíteros, constituidos en el orden del presbiterado mediante la ordenación, están unidos entre ellos con una íntima fraternidad sacramental”.
13. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es una Asociación propia, intrínseca e inseparable de la Prelatura. Está constituida por los Clérigos incardinados al Opus Dei y por otros sacerdotes o diáconos, incardinados en diversas diócesis. Estos sacerdotes y diáconos de otras diócesis -que no forman parte del clero de la Prelatura, sino que pertenecen al presbiterio de sus respectivas diócesis y dependen exclusivamente de su Ordinario, como Superior- se asocian a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, para buscar su santificación, según el espíritu y la praxis ascética del Opus Dei. El Prelado del Opus Dei es, a la vez, Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
14. 1 Cor 7, 20
15. Conversaciones, 16.
16. Decr. Presbyterorum ordinis, 12
17. Con grande fuerza evocadora y, al mismo tiempo, con la sencillez, que resulta casi solemne, de la escena que se narra, dice [san] Josemaría en el punto 498 de Surco: “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña – la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana – pela patatas. Aparentemente – piensas – su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia!
- Es verdad: antes “sólo ’pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.
18. Conversaciones, 16.
19. Conversaciones 16. El subrayado es mío.


  • José María Yanguas